Algunos padres suelen sentirse culpables por dedicar el día a hacer algo que les gusta y por eso creen que tienen el deber de plantearle a sus hijos alguna ocupación que los mantenga distraídos, ya que, de ese modo, se nota menos su ausencia. Al acercarles entretenimiento, se convencen de que no los abandonan.
Pero también están los que vuelcan en ese hijo-proyecto de hombre (o de mujer) sus propias aspiraciones insatisfechas e intentan que aprendan de todo como compensación de su propio tiempo perdido. O los que hacen que siempre estén ocupados para encubrir de ese modo la necesidad de “depositarlos” en algún lado a cargo de alguien que, para ellos, es especializado. No saben o no pueden compartir la espontaneidad de la interacción con sus hijos. Ante cualquier necesidad o pedido de ayuda encuentran un “sustituto calificado” para que les preste atención en lugar de ellos. Seguir leyendo
