Archivo | April, 2009

Cómo contestar las preguntas de los niños, los eternos “por qué”

No hay que obsesionarse con encontrar la respuesta precisa. Tampoco hace falta buscar complicadas explicaciones científicas, porque, si no se adecúan a la edad del chiquito, no las comprende y lo abruman.

Respondamos a sus preguntas con naturalidad y sentido común. A veces pueden ayudar pequeñas comparaciones y ejemplos.

Aun así, el niño no siempre lo entenderá, pero eso no es tan grave. Lo importante es que sepa que las preguntas tienen respuesta, que él puede buscarla y que nosotros apoyamos esa conducta. Seguir leyendo

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Cuando los chicos no paran de preguntar, basta!

Ante una norma o prohibición, pueden dirigirnos una cadena interminable de porqués. Toda orden debe ir acompañada de una explicación, pero eso no quiere decir que entremos en discusiones interminables. Si tenemos la convicción de que debe ser cumplida, es mejor mostrarnos firmes para que sea ejecutada sin cuestionamientos.

Y puede ocurrir también que, por cansancio o por lo que sea, no estemos disponibles para ese juego de preguntas. Entonces es lícito decir: “Cuando termine esto te contesto a todas las preguntas” o “Una más, y lo dejamos para mañana”.

Lo importante es dejar abierta la línea de comunicación y no transmitirles que sus preguntas nos desagradan.

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Importancia de la comunicación y preguntas de los niños

El hecho de que las preguntas de los niños sean atendidas o bien, por el contrario, ignoradas, ridiculizadas o incluso castigadas (”¡Basta. No seas pesado!”), pueden ser el comienzo de la timidez y los problemas de comunicación, ya que el estilo de diálogo de la familia imprime su patrón en la personalidad futura.

También hay consecuencias sobre el éxito y la adaptación escolar. En la escuela son fundamentales la curiosidad y el lenguaje. Si un chico tambalea en alguno de ellos, tendrá dificultades. El pequeño que en su casa haya vivido que preguntar es normal y bueno, que preguntando se aprende, lleva mucho ganado para triunfar en el colegio. También contará con ventaja aquél a quien sus padres hayan proporcionado una comunicación fluida, atenta y sensible, porque habrá asimilado un lenguaje que sirve para indagar, comprender y razonar. Seguir leyendo

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Mi hijo hace preguntas difíciles o fuera de lugar

No hay preguntas feas. No lo son las que se refieren al sexo, a las funciones corporales, a la muerte. También tienen una respuesta adecuada para cada edad.
Cuando un chico se da cuenta de que algunas cosas no se pueden preguntar, que hay sectores enteros de la realidad que son objeto de tabú, puede iniciarse en él una auténtica inhibición intelectual. La represión de la curiosidad sexual, por ejemplo, puede bloquear el interés normal por conocer y pensar en general.
Hay maneras de comunicarse con los hijos que no favorecen el desarrollo de la curiosidad.

Existen hogares en los que predomina un estilo de comunicación imperativo: “Traé”; “Hacé”;… (y quizá cuando hay preguntas: “¡Callate!”). Este estilo ignora lo enriquecedor y educativo que resulta dedicar tiempo a conversar, a comentar hechos y cosas, de modo que ambas partes puedan contar, describir, opinar… Los chicos tienen que ser tratados como interlocutores, no como meros subordinados. Sólo en este clima puede florecer el juego de las preguntas.

Un chico que ha renunciado a preguntar quizá tenga una familia que no considera las preguntas infantiles como algo saludable (como el tesoro que en realidad son) o, al menos, como algo natural, sino más bien como una molestia.

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Es importante dejarlo preguntar todo lo que quiera saber

Los adultos creativos fueron preguntones. Algunas de las preguntas de los más chiquitos pueden parecer disparatadas, carentes de lógica y de difícil respuesta, por no hablar, a veces, de la pesadez y la reiteración. ¿Y qué?

Se ha demostrado que los adultos más creativos son aquellos cuya familia fomentaba una expresión abierta y sin trabas y, además, aceptaba las manifestaciones propias de la conducta infantil.

Es posible que sus preguntas sean difíciles, absurdas, innumerables, cansadoras, cómicas…, pero esto no nos autoriza a menospreciarlas, ignorarlas ni ridiculizarlas, ya que ése es el mejor camino para que el chiquito deje de preguntar.

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La curiosidad aparece desde que son bebés

Desde que son bebés su entorno los intriga. Esta conducta es común con otros seres vivos y se manifiesta ya antes de esta edad, sobre todo de un modo físico, con la incesante manipulación de objetos y la investigación exhaustiva del entorno material, actividades tan propias de los chicos de un año.

En esto no hay grandes diferencias con las especies animales más próximas a la nuestra. Pero de pronto florece el lenguaje, esa poderosa herramienta a disposición de los humanos, que también es, entre otras cosas, un eficaz instrumento de exploración. Así que con el lenguaje vienen las preguntas.
Y precisamente porque el lenguaje es una adquisición reciente, los chicos quieren ejercitar la habilidad para preguntar y responder, con la entonación y la forma gramatical correspondiente.

Este juego, por sí mismo, los divierte, y en determinadas ocasiones ni siquiera esperan la respuesta. Pero hay más motivos para preguntar. Tanto por qué se debe a que a esta edad la noción causa-efecto está construyéndose y es aún confusa.

El niño trata de organizar su mundo y todo tiene que tener un porqué. Para él todo ha sido hecho o puesto por alguien (”¿Quién puso ahí el bosque?”), atribuye sentimientos e intenciones a seres inanimados (”¿Las nubes son amigas?, ¿y a dónde van todas juntas?”), no entiende que existan hechos debidos al azar (”¿Por qué hay ahí una montaña?”) y puede trastrocar causas y efectos (”Claro, para ir a esquiar”). En fin, trata de clasificar el mundo con sus propias categorías (pensamiento egocéntrico), y de ahí que a veces nos sorprenda con preguntas tan inexplicables.

Y las dudas, por supuesto, se dirigen sobre todo a los padres. Recordemos que los chicos no asimilan la realidad de un modo inmediato y directo, sino que lo hacen a través de intermediarios, de guías: los padres.

Ellos son las auténticas ventanas a través de las cuales los hijos se asoman al mundo. De la calidad y disponibilidad de ese mirador va a depender en gran medida el modo en que un chico se relacione con la realidad después, durante toda su vida.

La curiosidad y el espíritu investigador son un “instinto” básico, el instrumento más valioso con que tanto la especie humana como el propio individuo cuentan para su progreso. Para poder enfrentarse con recursos mentales a los múltiples retos que plantea la vida, es preciso una “cabeza” abierta e inquieta. La famosa edad de las preguntas es una de las primeras y más importantes manifestaciones de una “cabeza”, que puede o bien cultivarse y potenciarse, o bien marchitarse y secarse para siempre.

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Niños que preguntan “por qué por qué” todo el día

Es completamente normal que su hijo pregunta tantas veces “por qué” cuando todo lo que ve o escucha le despierta curiosidad. No necesitan un tratado, sino respuestas sencillas y coherentes que alimenten sus ganas de saber. Muchos papas se encuentran con una avalancha de preguntas que a veces se les viene encima.

Hasta 400 diarias pueden llegar a hacer los chicos entre los tres y los cuatro años. Y en algunas ocasiones resultan muy apremiantes e inconsecuentes. Pero incluso estos extremos son una bendición si los comparamos con el caso hipotético y penoso de un chico que no preguntase nada.

¿Por qué? Porque a esta edad bombardear a los padres a preguntas es lo más natural y saludable. Un brote casi biológico que, entre los tres y seis años hace a los chicos preguntar todo y que constituye una manifestación genuinamente humana de la llamada conducta exploratoria.

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Las cosas que los niños no deben prestar

Aunque queramos que nuestro hijo se convierta en un adulto generoso y caritativo, no debemos olvidar que existen algunas cosas que son de uso personal, y que nunca debemos obligarlo a prestarlas, porque conseguiríamos que se sintiera inseguro y desprotegido.

Sería un error forzarlo a dejar su juguete de consuelo o su peluche favorito: este objeto es demasiado íntimo para que lo tenga otro chico. Nuestro pequeño se siente tan identificado con ciertas pertenencias que le resulta muy difícil que otras manos se apropien de ellas aunque sólo sea por un ratito. Su cuna, su chupete, su mamadera… también forman parte de este tipo de objetos personales e intransferibles.

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Reimplantes de dientes de leche, ¿son posibles?

Mi hijo, que tiene casi tres años, perdió hace poco un diente (un incisivo superior) en un acódente dentro de casa. Cada vez que le veo el hueco que le ha quedado en la boca, me pregunto si ese diente se podría haber vuelto a implantar.

Desgraciadamente, los dientes de leche no pueden ser reimplantados, ya que en la intervención podrían resultar dañados los definitivos, que ya están presentes en el maxilar. A pesar de eso, cuando un chico pierde un diente de leche como consecuencia de un golpe, debe ir enseguida al dentista para que examine la lesión y, si es preciso, verifique mediante radiografía que la mandíbula está intacta.

También hay que consultarlo en caso de que la pieza se haya aflojado a causa del impacto. Un diente flojo se vuelve a arraigar en cuatro o seis semanas. Si se ha torcido, hay que hacer un tratamiento para corregir su posición (esto no se hace en niños mayores de tres años para evitar dañar el diente que hay debajo).

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Miedos y gritos al explotar un globo

Ayer, al estallar el globo que le acababa de comprar, mi hija se asustó mucho y se puso a gritar y a llorar. ¿Es normal su reacción?

La respuesta de tu nena ante un suceso en apariencia tan inofensivo como la explosión de un globo es comprensible. Seguramente el sonido fuerte e inesperado fuera lo que provocó esa reacción. A los chicos de esta edad los atemorizan con frecuencia hechos similares. Los miedos forman parte del desarrollo evolutivo.

En el caso del globo que estalla, se asustan sobre todo porque no saben a qué atribuir ese ruido (además de sentirse frustrados al darse cuenta de que se han quedado sin globo). Otro ejemplo similar es el sonido de la aspiradora, a la que muchos niños temen porque no saben si es sólo un instrumento que sirve para limpiar o si se trata, a lo mejor, de un monstruo que va a absorberlos.

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