Hasta los cuatro años no podemos sacarles los ojos de encima porque se desorientan muy fácilmente y todavía no son capaces de comprender cómo pueden proceder si no ven a sus papas. Durante esta etapa, el control debe ser fundamentalmente externo, desde los padres.
A partir de los cinco años hay que procurar que el control sea interno, desde el propio niño, que debe saber qué hacer para no perderse y cómo actuar si eso le ocurre.
Algunos padres prefieren no alertar a sus hijos por un miedo irracional a traumatizarlos (“Si le digo que se puede perder, se asustará”). Esta actitud es errónea porque si el pequeño no está preparado y se extravía, se sentirá más desconcertado y sufrirá más.Entre los cinco y seis años ya tienen conciencia del peligro (saben que hay personas con buenas o malas intenciones, y entienden que no deben alejarse de sus progenitores); pero, sin embargo, no tienen suficientemente desarrollado el sentido de la orientación y se desconciertan fácilmente (en la calle hay muchos estímulos que captan su atención). Además, como ya no son tan chiquitos, los adultos les exigimos mayor autonomía (es bueno que lo hagamos), y nos confiamos más, por lo que resulta más fácil que, de repente, los perdamos de vista