No hay preguntas feas. No lo son las que se refieren al sexo, a las funciones corporales, a la muerte. También tienen una respuesta adecuada para cada edad.
Cuando un chico se da cuenta de que algunas cosas no se pueden preguntar, que hay sectores enteros de la realidad que son objeto de tabú, puede iniciarse en él una auténtica inhibición intelectual. La represión de la curiosidad sexual, por ejemplo, puede bloquear el interés normal por conocer y pensar en general.
Hay maneras de comunicarse con los hijos que no favorecen el desarrollo de la curiosidad.
Existen hogares en los que predomina un estilo de comunicación imperativo: “Traé”; “Hacé”;… (y quizá cuando hay preguntas: “¡Callate!”). Este estilo ignora lo enriquecedor y educativo que resulta dedicar tiempo a conversar, a comentar hechos y cosas, de modo que ambas partes puedan contar, describir, opinar… Los chicos tienen que ser tratados como interlocutores, no como meros subordinados. Sólo en este clima puede florecer el juego de las preguntas.
Un chico que ha renunciado a preguntar quizá tenga una familia que no considera las preguntas infantiles como algo saludable (como el tesoro que en realidad son) o, al menos, como algo natural, sino más bien como una molestia.