Algunos padres transforman a sus hijos, la mayoría de las veces sin intención alguna en sujetos pasivos frente a algo, como puede ser un televisor; otros los convocan para que sean partícipes incondicionales y casi compulsivos de todo aquello que crean beneficioso para su futuro.
Ni observador ni partícipe compulsivo. Para crecer existe la necesidad de aprender a estar solo, de reflexionar y de saber esperar, a espacio para
pensar o el placer que proporciona el ocio son tan necesarios como la actividad. Es esperable que a un deseo le siga un pensamiento o una idea para lograrlo y que, luego, a su tiempo, se plasme en la acción.
Cuando las ganas de algo pasan irremediablemente a ser una acción para satisfacerse aparecen los actos compulsivos, aquellos que no se pueden dejar de hacer, al tiempo que se saltea toda reflexión para poder elegir.
Antes, hace muchos años, el dibujo, el piano o la costura ocupaban algunas de las horas de ocio. Eran actividades que, por placer o por deber, se aprendían por si alguna vez llegaban a ser necesarias. Ahora, toda la oferta tecnificada y mediatizada, idiomas, computación o fútbol corren tras el éxito económico o el prestigio social.
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